Pensamientos de secano
Artículo
de Marta Guadalupe
Rivera Ferre, investigadora del Instituto INGENIO (CSIC-UPV) publicado en El Periódico el pasado 13 de
mayo.
“Estamos ante una de las mayores sequías vivida en las
últimas décadas, y parece que no hayamos aprendido nada, no solo de los
anteriores episodios de sequía, sino de toda la evidencia científica generada
en este tiempo. Las sequías son un fenómeno recurrente y característico del
clima Mediterráneo, que se ve agudizada con el cambio climático. Ahora son más
frecuentes e intensas, y sus impactos son más graves en un contexto de
incremento notable de las temperaturas. A pesar de saberlo, no hemos hecho los
cambios necesarios para hacerle frente.
Necesitamos el agua para vivir, para beber y para comer. La
producción de alimentos posiblemente sea el segundo uso directo más importante
para el ser humano tras el agua de bebida. Los sectores agrícola y ganadero
están en una situación crítica, las cosechas se pierden y el ganado no tiene
agua. En este contexto, necesitamos parar, ver qué hemos hecho bien, qué hemos
hecho mal, y tomar decisiones que tengan en cuenta todos los datos de los que
disponemos. Entre otras cosas, debemos aprovechar esta sequía para
replantearnos nuestro modelo alimentario. La respuesta no puede ser una huida
hacia adelante, y modernizar (y expandir) el regadío es precisamente eso: poner
parches para mantener un modelo que es en sí mismo parte del problema. Problema
que la modernización del regadío no solo no resuelve, sino que a largo plazo
acaba generando otros.
Los datos muestran que la infraestructuras de riego que
buscan una mayor eficiencia en el uso del agua no llevan per se a una reducción
efectiva de la demanda, y sí aumentan la superficie regada. La modernización
del regadío desplaza a la pequeña producción, acelera el abandono y hace más
vulnerables a los que la adoptan, ya que requiere de grandes inversiones y los
hace dependientes del riego. Estas infraestructuras son además grandes
consumidoras de energía no renovable y por tanto, emisoras de gases de efecto
invernadero.
En definitiva, ¿no es el regadío una solución cortoplacista
que incrementa nuestra vulnerabilidad futura? ¿Y no será que el modelo actual
requiere de más agua de la que disponemos? ¿Qué regamos? Regamos variedades de
frutales que necesitan más agua que los árboles a raíz desnuda que, plantados
en invierno, ya no necesitaban agua hasta marzo; árboles que fueron arrancados
para ser sustituidos por variedades más productivas, con mayor densidad de
plantación, las que demandaba “el mercado”, y con ellos, desaparecieron los
pequeños viveristas, la diversidad, y de paso, se hundieron los precios por
sobreproducción. Regamos cultivos extensivos de secano, como el olivo o el
almendro, que una vez intensificados, dependen del agua. Regamos unos suelos
desnudos, muertos, incapaces de retener agua de lluvia tras décadas de
sobreexplotación y uso excesivo de fertilizantes de síntesis. Regamos mangos,
aguacates, fresas para exportar y cultivos como el maíz para alimentar un
ganado que apenas verá la luz natural. Todo esto es lo que tenemos que pensar,
y plantear la sequía como una oportunidad que nos permita hacer el cambio
necesario en nuestro sistema alimentario hacia un modelo agroecológico,
resiliente, que no requiere de esas grandes inversiones, sino de un cambio de
mentalidad.”

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